Estás sentado en la mesa de un bar, y yo te
contemplo. Bebes tu cortado sin remordimientos, e inconforme, ordenas una
cerveza oscura. Pedirías un puro si los vendieran (y si tuvieras idea de cómo
fumarlo). En lugar de eso enciendes tabaco común. El largo Pall Mall se mece en
tus dedos, y tras el breve humo que entreabre tu boca encuentro esas uñas
almendradas que quisiera contornearan mis labios, empañarlas con el aliento
hirviente que emano hacia ti.
Dejas que el cigarro se consuma con el viento, das
un trago a la cerveza. Haces una mueca intensa de disgusto, sabe suave suave, a
vainilla pálida. Prefieres los sabores violentos que te amarguen la garganta.
Apagas la punta del tabaco sobre un cenicero de cristal porque el humo no es
denso, encapotado como prefieres. Quizá por eso no miras mis labios pequeños,
titubeantes. Les falta textura, matices más drásticos de rojo para encantar a
tus ojos cafés. La próxima vez te daré un beso con mi mirada febril, o mejor te
lo doy dinámico como siempre es mi beso, de forma irreflexiva te veré mientras
libero a mi boca sobre la tuya… pero no, ya que entera cedo a tu fuerza y
tiemblo. Ya no encuentro fortaleza cuando me miras porque me agotas toda y
demasiado pronto.
Esto parece la ficción de un poeta solitario.
Puedes ser el poeta porque lo eres, pero aquí tú eres mi poema y yo soy la
poeta solitaria de ti. ¿Dónde pongo pausa para admirarte más? Leo la página, el
párrafo que eres tú, la frase que describe a tus ojos, ¿cómo subrayo tanto con
mis dedos comunes?
Da risa la desgracia de ver el cliché que somos.
Tú, con la camisa de cuadros, la barba incompleta que peinas cada tanto, el
bigote irregular que oculta el arco de cupido de tus labios, y ese brillante
pelo largo… ese pelo largo que en un impulso atravesaría con los dedos. Eres el
modelito perfecto de intelectual desalineado. Mientras yo, yo… ¿yo qué? Yo
nada. Soy el cliché de lo invisible. Debe de ser eso, pues podría estar a dos
segundos de ti, a un centímetro de ti, y no te darías cuenta; sólo te
encontrarías a ti mismo en mis pupilas, a tu reflejo que hago frente al sin
trasfondo que tú ves.
Sé de mi invisibilidad a tu mirada porque reconozco
una mirada que ve sin ver, el tono de una pregunta que no escuchará respuesta.
Lo sé porque conozco tus libros favoritos, la banda que escuchas cuando te
sientes triste. Lo sé porque tú no sabes de dónde soy, lo sé porque no te
grabas mi apellido aunque ya más de tres veces te lo dije. Lo sé porque piensas
que conozco de buena música cuando en realidad escucho el playlists que mejor
combine con mi día. Lo sé porque conoces mis libros favoritos, yo te los
dije después de que me preguntaras por los míos casi por educación.
Te pones de pie, guardas esa libretita de letras
minúsculas que quisiera leer, pero no puedo porque eres indescifrable. Yo estoy
aquí, ya resuelta, un lío ordenado por mis propias manos para que tú lo
desordenes, un enredo que causarías en mí si tan sólo me besaras. Un misterio
que resaltaría a tus ojos si tan sólo me vieras un poco más allá de las letras.
Me miras, ¿me miras? Esperas a que te siga y lo hago. Ahora sé que me ves, que me ves sin verme toda, y eso no es suficiente.

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