La Plaza Cívica no fue escenario de
una protesta culminada en violencia. Las cabezas doradas de Benito Juárez,
Miguel Hidalgo y Venustiano Carranza amanecieron intactas: sin rasguños ni pintas de rabia e indignación que pudieran
exhibir la descomposición de un país más allá de sus números rojos. Los
letreros a las afueras de las instituciones de justicia y gobierno quedaron sin
denuncias de tinta y fuego, tan “pulcros” como el sistema que los
respalda.
Nada en la ciudad sufrió estragos
durante la marcha en conmemoración al Día Internacional de la Mujer. Tampoco
sus puertas, letreros célebres, ni sus contados monumentos. Fue una ola calma
de agua morada y espuma verde que empezó en el parque de la colonia Obrera,
embraveció en la calle Primera y terminó frente a las tres cabezas, a las ocho
y media de la noche.
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| Fotografía de Yunuen Lizárraga. |
Ensenada, B. C., 8 de marzo de 2020.
Un día antes hay un ambiente
templado y un ligero sol que se va. Son las cinco cuarenta de la tarde y el
clima se presta para reclamar justicia durante las siguientes tres horas. Como
no encuentro estacionamiento en los alrededores del parque, abandono el auto
frente a una paquetería cerrada y solitaria al mismo tiempo que me entrego al
azar de no encontrarlo a mi regreso. Cierro la puerta y de inmediato recuerdo
un par de olvidos: botella de agua que cayó a los pedales del auto y que
necesito, mochila que dejé a la vista y podría tentar a los ladrones. Estoy
ansiosa, nerviosa, emocionada. Agarro, escondo y cuando cierro vuelvo a
olvidar, esta vez la cartera. Ya perdí cinco minutos en todo el embrollo que
hizo mi mala memoria, así que decido irme sin un peso, al fin y al cabo, ¿quién
necesita dinero en una marcha? Pienso que alguna de las dos amigas que me
acompañan me prestará para el Uber de regreso.
A lo lejos diviso un centenar de
cabezas con tintes tan variados como las mujeres que los destacan: rubios
naturales y no, fucsias veteados y castaños en todos los tonos. Casi al llegar,
veo mi semblante en el polarizado de una camioneta y me sorprendo, parece que
imité el cliché de feminista radical: ropa negra, lentes de sol, pañuelo verde,
chaqueta de piel y labios negros con destellos de verde olivo. La ropa negra es
a petición del colectivo organizador “Siemprevivas: red de acompañamiento para
mujeres”, con el fin de guardar luto por las víctimas de feminicidio en el país. De acuerdo a los estereotipos de los
intolerantes luzco como una feminista radical. Y es que también visto de negro
porque me siento triste, enojada e impotente, y lo único que me da el aire
radical es mi pañuelo proaborto. Así deduzco que las feministas, al igual que
todos los artistas, fumones y ratas de biblioteca, se formaron porque coincidieron
en gustos y terminaron volviéndose eso que son, no copias de los otros, sino
afines en casi todo. Tal vez ellas y yo compartimos frustraciones: tanto, que
el color parece una burla ante el luto, por lo que todas terminamos siendo
réplicas de un desconsuelo que no debería ser; así que deja de importarme lo
que parezca o no.
Al llegar a la matriz de matrices,
observo que hay también penes, parejas de pene y pene, de vagina y vagina, de
pieles vetustas acompañadas de infantes, de gente con sus hijas, que son las
futuras mujeres por las que están a punto de marchar. La matriz resulta ser una
variedad de todo, de afectados por el patriarcado y la injusticia que no les
perdona ni perdonó a una hija, una madre, una novia, una hermana y una amiga.
Diez minutos para salir. Al frente
las organizadoras afinan detalles de orden y logística. A sus espaldas una cola
larga de mujeres aguarda a que el reloj marque las seis. Unas se recogen el
pelo cuando el sol quema su piel, otras se blindan con pañuelos en cuello,
muñeca y coleta. En el suelo algunas jóvenes finalizan a prisa sus cartulinas,
con el ojo pelado en el frente, que ya está a punto de salir.
A mi costado, una amiga sostiene
olla y cucharón para hacernos presente entre los gritos. Yo sostengo su
cartulina fluorescente que denuncia en una delgada fuente “amar sin opresión”.
Esa leyenda es la historia de su vida amorosa, y también de la mía. Ya no se la
devuelvo, y ella se queda con la música de los fierros enojados.
Al llegar la hora el altavoz anuncia
movilización y la ola de mujeres comienza a caminar hacia avenida Reforma. Con
letras diamantinas, recortes de revistas y mayúsculas minimalistas, las lonas,
cartulinas y letreros me tapan la vista y me dan una nueva: la de reclamos y
cuentas pendientes de tantas y tantos. “Ella NO es calladita”, “Ni una menos”,
“Las paredes se limpian, pero las mujeres no regresan”, son algunas de las demandas
a trasluz que brazos furiosos sostienen al aire.
Al dar vuelta hacia la calle Juárez,
los pocos negocios abiertos se entregan silenciosos a la cólera femenina.
Alzadas al cielo, el frente de mujeres sostiene grandes cruces color rosa con
los nombres de algunas víctimas de feminicidio desde 2014 hasta febrero de
2020. Según el semanario Zeta, de las
793 mujeres asesinadas de 2017 a la fecha, 62 fueron catalogadas como
feminicidios, y de las 15 mujeres asesinadas en Ensenada durante el 2019, tres
fueron identificadas como feminicidios. A nivel nacional, asesinan a 10 mujeres
al día, y de acuerdo a cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional
de Salud Pública, sólo en enero de 2020 se registraron 73 feminicidios en todo
el país.
Se escuchan demandas por doquier: el
coro de la internacional canción “El violador eres tú”, reclamos compartidos y
expresados con una oleada de “¡señor, señora, no sea indiferente, se mata a las
mujeres en la cara de la gente!”, seguida de repetidos recordatorios “mujer,
escucha ésta es tu lucha” y retadores “no que no, sí que sí, ya volvimos a
salir”. A mi costado, mi amiga marcha con un pañuelo morado que cubre la mitad
de su rostro y azota la cuchara metálica contra la panza del sartén al ritmo de
las consignas de las mujeres. Mientras sostengo la cartulina me extravío entre
las voces y la mía se sumerge entre los cientos de rencores que también
comparto. A mis espaldas, observo a un anciano, tendrá casi los setenta. Lentes
oscuros cubren sus ojos que imagino brillan. Tiene el pelo canoso y un pañuelo
morado envuelve su cuello. No grita, pero exige con su puño hacia el cielo. Me
pregunto quién será, y si marcha por empatía o por haber perdido a alguna mujer
de su corazón.
De pronto nos detenemos. Somos
tantas que se requiere de una larga petición de silencio que llegue hasta el
final del contingente para que las palabras en el altavoz se entiendan. Una
bruma de luto se extiende por los rostros de las mujeres cuando distintas voces
al frente comienzan el conteo de las víctimas de feminicidio en el estado.
Después de cada nombre un ¡justicia! estruendoso azota en el aire. Aunque
ninguna mujer de mi vida ha sido víctima ni de abuso ni de feminicidio, me uno
al imploro de justicia por aquellas que sí. En casa tengo a dos mágicas
sobrinas cuya desgracia es probable , ahora, mañana y en veinte años. Tengo dos
amigas que han sido tocadas en el microbús. El año pasado a mí me estrujó un
hombre mientras iba de pie en el transporte. Por eso grito, me enervo y mis
ojos llueven; por el pasado, el futuro que adolece, y la ola feroz de
¡justicia! que me envuelve en la rabia y la exasperación.
En El Bajío, prostitutas se congelan
al vernos marchar. Un par de chicas salen de las filas del contingente para
obsequiarles abrazos y sonrisas. Me pregunto cuántas de ellas estarán ahí por
voluntad, y cuántas por obligación; ya sea por su situación económica o por la
gana de sus chulos. También pienso en los abusos que se han perpetrado en las
esquinas y tras las puertas de los moteles.
Pasamos por las calles Segunda y
Ruiz, y al llegar a la calle Primera, cuerpos se asoman desde los balcones de
los bares, con celular en mano para grabar a las “fieras” que se aproximan en
su reclamo. Contrario a lo que esperé, nadie desató su prejuicio de forma
efusiva, y pienso que quizá la prejuiciosa soy yo. Volteo hacia los antros en
los que anduve cuando recién cumplí los dieciocho, libre y divertida. Son
lugares en los que han levantado chicas borrachas para abusarlas y arruinarles
la vida, cuando ellas sólo iban a pasar una noche de baile y risas, igual que
mi yo de dieciocho años.
Cuando el sol se esconde los ánimos se levantan y los reclamos se vuelven advertencias. Coreamos “¡verga violadora, a la licuadora!, ¡si la usas pa´ violar te la vamos a cortar!” y brincamos al son de “¡el que no brinque es macho, el que no brinque es macho!”. Yo brinco altísimo, con ganas de arañar con mis dedos de Eva el cielo del dios machista con el que me criaron.
Cuando el sol se esconde los ánimos se levantan y los reclamos se vuelven advertencias. Coreamos “¡verga violadora, a la licuadora!, ¡si la usas pa´ violar te la vamos a cortar!” y brincamos al son de “¡el que no brinque es macho, el que no brinque es macho!”. Yo brinco altísimo, con ganas de arañar con mis dedos de Eva el cielo del dios machista con el que me criaron.
Arribamos hacia las últimas cuadras.
En la vuelta hacia las tres cabezas, conductores molestos resuenan sus cláxones
hacia nosotras, con gestos de irritación delatados en sus caras. De pronto
siento la imperante necesidad de atravesarme para truncarles el paso, pero me
controlo y me dispongo a concluir la marcha en paz, aunque así haga felices a
los conservadores y críticos de las manifestaciones “de feministas revoltosas”.
Por primera ocasión entiendo a las feministas del interior de la república, a
sus pintas desesperadas, a sus destructoras manos de la institución que les
falló y dejó impune a sus violadores. ¡Qué sencillo es dejarse llevar! Yo por
mi rabia provocadora, ellas por las pesadillas del pasado y del mañana.
En la explanada de la Plaza Cívica
nos aglomeramos y gritamos al unísono nuestras demandas. Después todos
comienzan a dispersarse. Una pareja con su hija en brazos se va, un grupo de
amigas camina hacia la parada de micros, con el poder en el alma y el temor del
camino. Cuando me despido de mis amigas, pienso en todas las marchas que me
perdí y en las que vendrán. Es un hecho que participaré, aunque ojalá ya no
existiera desigualdad, ni muertes, ni violencia, ni todos esos motivos tan aberrantes
que me hicieron marchar. Ojalá no hubiera razones por las cuales manifestarse.
Después mi amiga y yo tomamos un
Uber hacia el parque de la Obrera, y de camino recuerdo mi auto abandonado en
la penumbra. Ahora lo que me preocupa es no encontrarlo.

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