En un principio creó Dios los cielos y la tierra. Hizo
la luz y la noche, dividió el mar del cielo para darle forma a su invención y
colocó nubes que cumplieran el ciclo de alimentar con lluvia a toda la vegetación
que crecía de entre los poros de la tierra. Después vino el tiempo a su orden,
y le dio nombre a todo con lo que adornó las paredes y el centro del mundo. Nadó
en el mar, se recostó en la arena sobre la que reposaban los océanos, y caviló
su creación desde una montaña.
Sorprendido a causa de su propia magnificencia,
sintió que faltaba vida que caminara por los pastos verdes del suelo, así que creó
a los animales. Estos cumplían con las fases de la tierra, pero solo eran
presos de sus instintos y necesidades, ignorando al ser supremo que les había
brindado la vida. Entonces Dios creó al hombre a partir del polvo, y de una de
sus costillas, creó a Eva. A ambos les dio el suficiente intelecto para que
tuviera en la consciencia a su creador, pero no el poder para extenderlo más
allá de su luz.
Conociendo lo que desataría con eso,
decidió darle un clímax a la historia y les puso la primera de las
prohibiciones: les señaló el único árbol del que no debían de probar fruto.
Con el paso del tiempo Adán y Eva se
terminaron aburriendo de lo predecible que era la vida, por lo que voltearon a
ver el árbol que se miraba frondoso desde abajo, con sus frutos maduros cayendo
sobre el suelo. Hasta que un día, mientras Eva se asomaba por ahí, la
curiosidad la agobió y sus dedos terminaron rodeando uno de los frutos. Cuando
sus labios lo mordieron y su lengua bailó en el jugo dulcísimo, fue con Adán y le
compartió la delicia. De esa manera fue como cometieron el primer pecado en
contra del divino.
Entonces Dios se dispuso a bajar, y de
todas sus caras, tal y como lo había estado ensayando, puso la más decepcionada
y triste. Por desobedecerlo, a ambos los castigó y los despojó de su
inmortalidad, lanzándolos fuera del Edén y condenándolos a la creación del
mundo tal y como es ahora. Su objetivo, el de ser adorado por toda la
eternidad, apenas comenzaba.
Siglos después, una vez construidas las
sociedades y sus leyes a partir de la estructura tiránica de la biblia, un
gobierno occidental se prepara para recibir al patriarca mayor de todas las
religiones: El Papa.
Viene desde la Santa Sede, ubicada en Roma, dentro del Estado de El Vaticano. Haciendo
honor a la unión ancestral de la religión y de los gobiernos; el anciano es El
Jefe de Estado, siendo este, de forma absurda, el líder de la única teocracia
(que también es monarquía absoluta) del mundo. Viaja en su avión privado, con
sus guardaespaldas, secretarios, asesores de moda y por supuesto, su médico
privado, pues el viejo tiene la salud tan precaria como cualquier otro hombre
de ochenta años, por más baños que se dé con sangre de vírgenes y niños.
En cuanto se baja del avión, el Papa ya
derrocha lujo, con su bastón de plata y sus collares de Jesucristo crucificado,
todas con oro e incrustaciones de rubíes que pintan la sangre de El Mesías, por
más blanca y austera que luzca su bata. De esta manera, ante sus detractores,
el hombre reafirma su concepto: religión y lujo van siempre de la mano.
Frente a él está extendida una alfombra
roja, que inicia con su paso y finaliza frente al Presidente de la Republica,
que lo aguarda y celebra su llegada con mariachis, al lado de su esposa de
espectáculo adornada con su traje sastre color beige. Ambos estrechan sus
manos, se abrazan y saludan de beso. A pesar de que los feligreses disminuyen
con cada destape de pederastia, ambos se esfuerzan por mantener la unión frágil
de sus hilos de manipulación. Las pulcras fundas dentales de zirconio
sofisticado que crean la sonrisa del presidente brillan ante los ojos azules
del santísimo. Toda la alegría y amabilidad es un teatro de relaciones
diplomáticas que refuerzan dos instituciones, una gubernamental y la otra
religiosa. No es secreto que los monigotes
no son más que títeres de los auténticos dueños del poder.
Mientras caminan en dirección a la cena de
bienvenida del santísimo, a todos les cruje la
tripa. Ahí, con el plato en la cara, se acaba la simulación, ya que a los
tres se les brota la bestia cuando huelen comida. Al concluir la noche, el presidente
pedirá de langosta, aunque lo joda el
colesterol, a la primera dama se le olvidará el grado que lleva cuando se
embuta tres de platos de la misma, y el Papa cometerá un pecado capital: el de
la gula.
Cuando la noche finaliza y cada uno de los
personajes se quita su disfraz para irse a dormir, tienen sueños tan
placenteros como su existencia. Contrario a la creencia popular, los malvados no
siempre terminan siendo torturados por pesadillas como venganza de la vida. La
mayoría incluso, duermen entre nubes de irrealidad hasta su muerte.
La mañana se asoma en el cielo y aparece
el día santo: el domingo. Antes del evento del sumo pontífice, en una de las
muchas iglesias católicas de la ciudad acaba de finalizar la misa. Algunos
fieles se marchan con la cartilla recién
leída, otros aligeran sus culpas, y la mayoría rechistan del fastidio que
implica el cumplir con una tradición familiar.
Después de que todos salen por la puerta y
no quedan más que los de la limpieza dándole un último trapazo a los asientos en los que pusieron su trasero los pecadores,
el padre cierra la puerta de su despacho y se extiende sobre la silla tras el
escritorio. Tiene el cuello y los ojos rendidos al goce de su carne. Se
encuentra tan anestesiado, que no controla ni la agitación de su respiración,
ni el agua que surge de su boca y se escurre de sus labios cuando se le escapa una
sonrisa. De pronto abre los ojos y al bajar la mirada, su mano inmensa descubre
un cráneo tierno moviéndose entre sus piernas.
El rostro infantil de un chico de nueve años voltea a verlo con sus ojitos
llorosos y el alma rendida. El niño se limpia con la mano los flujos
repugnantes del hombre que brillan en sus labios y se extienden sobre su
barbilla. Entonces el padre lo despide, no sin antes recordarle que el faltar a
las promesas de guardar secretos en una ofensa al divino.
Pero Dios está demasiado ocupado para ver
aquello, pues se encuentra admirando el centenar de fiestas que celebran los
cristianos en su nombre. Todos rogando el perdón en el altar, y recordándole cuán
glorioso, cuán increíble, cuán sublime y santo es el que ignora a las ovejas
más vulnerables del rebaño.
En el altar de una iglesia cristiana
cualquier pecado puede ser expiado, si se entrega el alma con el acto del
bautismo. Muchos han visto la luz y han hablado en lenguas al recibir el espíritu santo. Algunos lo manifiestan
danzando, otros, observando que brota leche y miel de las paredes del templo.
Otros reciben a Dios en medio del silencio, pero sintiendo fuego en su corazón.
La mayoría tiene una historia de éxito, los demás intentan hacerse a la idea de
que, en algún momento, de perdurar su fe, tendrán su recompensa. En las bancas
de esas iglesias hay desde gente común, hasta los más viles criminales. Y
todos, aunque hayan cometido asesinatos a sangre fría, golpeado a sus parejas,
abandonado a sus hijos, violado a un recién nacido, engañado a su marido e
incluso abusado de una adolescente en la calle, tienen el perdón del divino.
Empero, existe un único pecado que no es
perdonado por Dios, y al cometerlo el infame sujeto se condena para siempre a
la perdición.
“…pero cualquiera que blasfeme contra el
Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno”.
(Marcos: 03:29. RV. 1960)
De esa manera Dios reafirma su papel
protagónico en el mundo.
Cuando el servicio está por acabarse, dos
sujetos bien vestidos son presentados por el pastor ante la congregación.
Resultan ser dos políticos que piden el apoyo de los hermanos de la iglesia para
ganar las elecciones a nivel estatal. Dicen ser un partido cristiano que tiene
como objetivo el preservar los valores familiares instituidos por Dios, a
partir de campañas que se oponen al aborto y al matrimonio entre “gente del
mismo sexo”. Al instante en que lo dicen, todos alaban las palabras del sujeto
que sostiene el micrófono mientras su acompañante asiente y sonríe, sin saber
el corral de puercos al que dirige sus intereses. Al marcharse los visitantes algunos
oyentes prometen votar por “el partido de Dios”, y otros se muerden la lengua con
tal de no decir que aquel acto de descaro fue una ofensa para su intelecto.
Un
par de meses después, el partido decide cambiarse el logo con la figura del pez cristiano, por tres monigotes en
rojo, morado y azul. También anexan entre sus filas a políticos de reputación cuestionable
y se olvidan de las promesas hechas a los pastores acerca de pavimentar las
afueras de la iglesia, de solo permitirles hablar con las ovejas.
Cuando las elecciones presidenciales llegan
un par de años después, el partido de valores cristianos pierde el registro al
no obtener la cantidad suficiente de votos, y en su intento por prolongarse la
existencia, da sus últimas pataditas de ahogado para conservar el poco poder y
dignidad que le queda, intentan nuevamente hacerse de un lugar en la horda de
políticos infames.
En otro de los muchos templos cristianos
que hay en la ciudad, el pastor de una iglesia cierra las cortinas de la
oficina y empieza a contar los diezmos de los hermanos. Con movimientos veloces
agarra los sobres con las cifras más gordas y se los guarda en la bolsa del
pantalón. De pronto la puerta del lugar se abre y los ojos de dos mujeres lo
descubren. Aunque finge desorientación, las hermanas no caen en ninguna de sus
excusas y acuden a los altos mandos de la iglesia para levantar una queja
formal. Para no dañar la conciencia de los miles de adeptos que se unen a las
filas de su religión, ni provocar escándalos que lleguen a los oídos de los
políticos y periódicos, deciden cambiar al pastor a otra iglesia en lo que las aguas se calman. El hombre muere un
par de años después y en su funeral la iglesia se colma de gente que lo quiso.
La viuda y los hermanos lloran mientras el cuerpo reposa en el féretro. Los
altos mandos llegan y ante el micrófono recuerdan la honestidad del pastor. En
las bancas las dos hermanas miran el teatro, y aunque fueron solo para ser
testigos del descaro infinito, no dicen nada. La conciencia de ellas fue la
única dañada, pero al menos no alebrestaron a todo el rebaño.
Ese mismo domingo, una celebración se
lleva en el otro extremo del país. El papamóvil recorre kilómetros de fieles,
que derraman sudor y lágrimas ante la llegada de su dios en la tierra. Lo
admiran desde abajo, con los brazos a punto de dislocárseles de tanto que se
estiran para tocar al pontífice. Trae su monstruosa mitra que lo anuncia como jerarca, su traje color perla abotonado
hasta la yugular, aunque por dentro se le cuezan los colgajos de piel, y se le
escurra el sudor por la entrepierna que brinca en la ansiedad de finalizar el
teatro. Parece un acto faraónico incluso, por toda la riqueza que destila con
descaro.
Entre el gremio de agentes religiosos se
encuentra el Padre, que mira a lo lejos la carita del infante del que abusa,
pegada a las caderas de la madre que alza los brazos ante el cruzar del Papa El
niño reconoce su rostro desde lejos, y cuando el hombre le dedica una sonrisa
grande y orgullosa, el niño ve colmillos en lugar de dientes. El corazón se le
eriza y se extiende sobre su pechito. Ante él, se devela la realidad de un
hombre malo. Entonces llora, confundido y sucio. Se siente violado sin saber
que la palabra existe. Algunos otros Padres sonríen también a sus víctimas, los
niños y niñas los miran, y jurándose que les ven lengua de víbora y ojos rojos,
estallan en lágrimas. Las madres no lo notan, y si lo hacen, se dicen que es
por la ola de calor de santidad surgida a causa de la presencia del sumo
pontífice.
Arriba, desde su cielo, un Dios celoso se
levanta de las nubes para desatar en gemidos de rabia. El festejo ya no lo
siente para sí. De pronto, le parece que la gente ya no le es fiel, y que sus
agentes en la tierra, a quienes en un principio delegó para expandir su propia
gloria, rodean con sus tentáculos de arrogancia el corazón de sus creaciones
para hurtarle a él protagonismo. Dios atisba al papa con el cuello alzado, de
camino a la gran misa para dar la palabra que él mismo le puso en la boca. El
divino ya no se estremece con los clamores de la gente, pues estos, en lugar de
implorar su nombre, exclaman el del Papa, hasta que al divino se le vuela la
cabeza y se siente traicionado.
Dios atisba a todos los líderes religiosos
revolcándose en su propia gloria. Creados y encaminados con el fin de llevar su
palabra, y una vez alcanzado el éxito, ya solo buscaban satisfacer sus
necesidades. Poder, dinero, fama y adoración. Y él, que debía de ser el
protagonista de la historia, solo era recurrido en los instantes más bajos de
sus hijos, y su palabra, espada poderosa de los fieles antiguos, era uno más en
la repisa de los libros que se postergan y se olvidan.
Sus hijos, creados exclusivamente para
adorarlo, ya no están bajo su poder, y los limites se han cruzado. Podía
perdonarles, por ejemplo, que desafiaran sus leyes para revolcarse hombre con
hombre, o de que las mujeres se negaran a cumplir con su objetivo de ser
madres, al destrozar en su vientre a la creatura que se forma en vida y corazón. Toleraba incluso, que el adulterio haya
dejado de ser tipificado como delito, para formar parte de la aclamada libertad
del mundo contemporáneo; pero no soportaba ser ignorado, desechado y olvidado.
Más que herirlo, lo destruía. Ya no era respetado, y mucho menos adorado. Su sentido,
el de existir para ser amado, respetado y adorado, se perdió.
Los fieles, valiéndose de su libre albedrío
para amar a quien persigue su necedad, le son infieles al creador. El sentido
del libre albedrío era el de brindarles una simulación de libertad para que
estos no se percibieran bajo el total control del altísimo, mas no el de tomar
realmente sus propias decisiones, sin recibir castigo alguno por su rebeldía.
Es entonces que Dios prefiere reescribir
la historia de la humanidad. No como Sodoma y Gomorra, ni las grandes guerras o
la peste. Esta vez decide exterminarlos a todos. Cunde su ira desde el cielo, y
con un rayo feroz azota a la tierra y desata un fuego que lo tortura todo. Los
gritos de los fieles llenan de placer los tímpanos de Dios, que se congratula
por la atención que se merece. Al fin los tiene, a cada uno: a la madre que ve
a sus hijos sacudirse en el suelo a causa del insoportable dolor; a los ateos que
comprueban el poder divino entre gritos de imploro, a los fornicadores en la
cama, con la piel derretida en el algodón que se consume, y al Papa,
insignificante, reducido en huesos y enseguida a cenizas.
Dios cae en cuenta de que ese momento ha
sido el indicado para acabar con todo. Al prolongar la vida humana, más hubiera
quedado su nombre en el olvido. Solo era cuestión de tiempo para que esos pocos
fieles, de todas las religiones surgidas a partir de su imagen, abrieran los
ojos y tomarán el control de sus vidas. Ya no existirían a medias, limitando
sus impulsos y castrándose los deseos por miedo al castigo divino. En su lugar,
pasarían a disfrutar del mundo en la vida de su presente y no a construir esa
vida que tendrán en el cielo. Ante los ojos de Dios, sus hijos solo debían de
amarlo a él: no a dioses paganos, ni a hombres de carne y hueso, ni siquiera a
su misma vida. Entonces Dios se colma de gloria, y ratifica el sentido a la
existencia humana, que ahora perece bajo su fuego.
Por eso el altísimo decide que realizará su
segundo intento de esclavos. Creará otra versión del hombre, con brazos largos
y manos grandes que puedan extender ante él; garganta, boca y lengua para
gritar su nombre, y un corazón latente para amarlo. No requerían de piernas
para huir, ni de un cerebro para pensar.
Esta vez sería una creación realmente
perfecta.

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