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"Divina indiferencia"

La indiferencia se pasea por el metro y se inmiscuye entre el gentío. Mira sin moverse de su eje, como si no lo hiciera, pero más que eso, atisba prolija a una anciana encorvada que apenas se para, rodeada por jóvenes y viejos; todos con la conciencia extraviada y los ojos ensimismados en las pantallas brillantes que les ciega la vista y la mente; que les extingue veloz la consciencia y los deja huecos, sin sentido, sólo con las venas por las que circula su sangre, y un cerebro desconectado del corazón que les impide empatizar con la anciana que ve, desde abajo, un tubo inalcanzable para sus manos. Por eso su cuerpo se tambalea y de forma involuntaria, parece a punto de azotar sobre el suelo. Algunos miran de reojo la manera en que la anciana se aferra a los asientos para no caerse; pero a nadie le importa y se hacen de la vista gorda. Prefieren no ceder el asiento y entregarse a la indiferencia que convenientemente se les amolda.

La indiferencia sonríe y disfruta de su invisibilidad. Nadie la ve ni la escucha; pero la practican a diario y les hieren el corazón cuando la utilizan con ellos. De esa manera existe, sin sensaciones al ojo o al tacto, pero cruda y fría, provocando soledad y miseria a todo el que la conoce. Al presenciar la escena de la anciana, se enorgullece de su importancia, así que decide irse en búsqueda de más actos y conversaciones que le inflarán la gloria.
Cuando sale del metro a buscar más presas de su holgada, asoma el oído a una conversación que mantienen dos chicas que caminan a unos pasos de ella y las persigue. Hablan sobre sí mismas, ese género incomprendido que todavía no alcanza el cielo de los hombres. Sienten que están condenadas a resignarse, a amar y a odiar. Amar como hijas, como madres y esposas ejemplares, como los felices seres de luz surgidos de la imaginación de los hombres y de las instituciones. Seres irreales en los que las mujeres ansían convertiste, sólo para llenar esos conceptos de forma inconsciente, conceptos de los que enseguida se rebela, alegando que no llena los zapatos de la perfección.
Ellas, altruistas por los hijos del mañana y la funcionalidad de la sociedad, acatan la imposición y se convencen de que ese es su destino, su semilla al mundo, su paga por morder el fruto de la prohibición. Por eso ceden y se abandonan, ignoradas y sumisas; y luego dos de ellas lo discuten en la salida del metro, lamentándose y mostrando rebeldía a los oídos que pasan a su lado, pero irradiando debilidad de los poros, ductos de temores del inconsciente que se les notan en los ojos, en las palabras que cuando salen por su boca se vuelven valientes, en la vida que no tienen pero que sueñan con tener, aunque dicen que lo reparan todo y lo aceptan como consecuencia de sus decisiones de mujer, de mujer que fue libre y decidió su malogrado presente.
Después de escuchar las frustraciones contradictorias que las chicas del metro repiten una y otra vez, la indiferencia se aburre y decide abandonarlas para comenzar su aventura nocturna. Acrecentándose su intriga, atraviesa la ciudad con saltos inmensos y llega a un edificio que entre todos los demás, llama su atención por parecer un sitio del que se sospecha protagonista.

Entra por la ventana de una casa que se muestra iluminada desde lo lejos, distinguida y elegida ya por sus ojos, y se adentra escurridiza en un hogar con vestigios de tradición. Fotografías de boda decoran las paredes del lugar y los dibujos de los hijos en el refrigerador muestran un retrato narrado por mirad as  i n fantiles que no mienten: a dos adultos con l as sonrisas chuecas que intentan ocultar su infelicidad. Esto la lleva a abrir las persianas tensas de un matrimonio que evidencia su cruz cuando su conversación nocturna llega hasta el oído de la receptora que ansía ponerle caras a las voces que se escuchan por toda la casa.
Las respiraciones de los hijos durmiendo en las habitaciones contiguas pasan desapercibidas por la transeúnte que se aproxima felina a presenciar su espectáculo favorito, ese que la hace sonreír cuando penetra la puerta de la alcoba y descubre que su imagen mental, fruto de sus representaciones sonoras, le hacen justicia a la realidad.
Frente a ella se figuran un hombre y una mujer que comparten cama, mas no deseos ni pensamientos. La mujer le da la espalda al marido y obliga a sus párpados a mantenerse cerrados cuando siente que la respiración de él se precipita sobre su oído. De pronto su seno izquierdo es descubierto por la mano incipiente del hombre y lo apretuja posesivamente. Ella tuerce sus labios y frunce el entrecejo, asqueada por la exigencia del marido, como si le gritara a la indiferencia que se cogiera al marido, que le hiciera el favor de despacharlo, de agotarlo, de quitárselo de encima; pero esta se apega a su divinidad superior de ver y no actuar; entonces observa como se le llenan los sentidos al marido de egoísmo y capricho de ella, de esa que atisba la manera en que perpetúan su existencia, gozándose al instante por su fama.

—Hoy no —dice la esposa mientras abre los ojos y observa la mano que aprieta su seno.
—Ándale, y termino rápido —insiste él, soltando su pecho y bajando hacia su cintura.
—Déjame dormir, no tengo ganas —aclara ella, volviéndose a cubrir el torso con las sábanas.
—Nunca tienes ganas. Aguántate. —reclama el marido deshaciéndose de la sábana que los divide, le sube la bata de dormir hasta la espalda y se abre paso en su vagina al desviar el calzón con una penetración seca y exasperada.
La mujer siente que, si alguna vez existió un poco de respeto en su interior, este desaparecía día con día. Está agotada de las presiones de ser una esposa, hastiada de acostarse cada noche con el ser egoísta al que llama esposo, deprimida por ver que las arrugas se dibujan en su rostro y ella jamás ha tenido la dicha de experimentar un orgasmo. Se aborrece por no rebelarse, por no desprenderse del desahogo económico y preferir la comodidad de un hogar y la felicidad de sus hijos por encima de su propia vida.
El marido gime gustoso y la disfruta durante un minuto que a ella le parece eternidad, liberándola al finalizar. Entonces se da la espalda para dormir satisfecho y pleno. Sin acomodarse la bata, la mujer aguarda petrificada a que la noche la secuestre de su realidad para que el sol de la mañana difumine su repugnancia.

Embriagada de orgullo, la indiferencia atraviesa paredes para darle continuidad a su noche de juerga y se detiene en seco en un apartamento que de pronto enciende su luz. Frente a la puerta, dos jóvenes ya pasados de tragos se besan frenéticamente y comienzan a desvestirse de camino a la cama. Ya extendida sobre las cobijas, la joven espera a que su acompañante se vuelva y la bese, la acaricie, la pruebe con la lengua o se adentre en su interior con los dedos; pero la inunda la decepción cuando él, exasperado y a punto de explotar, se dispone a penetrarla con inmediatez. La joven cierra sus piernas con fuerza y esquiva la embestida.
—Mejor después lo hacemos —dice la joven, sentándose al borde de la cama y dándole la espalda a su acompañante.
—Pero ya estamos aquí —responde él, tocando el hombro de ella y empujándola sutilmente sobre la cama.
Ella lo observa con la mirada incómoda y su cuerpo es invadido por la rigidez, por eso cubre sus pechos con ambos brazos e intenta alejarse, pero se siente a merced de aquel hombre y la vergüenza de negarse y de fastidiar la cita, de verse frígida y cerrada, anticuada y contraria a su propia libertad sexual, provoca que ella considere el rechazo de su cuerpo por aquel chico como una señal de la mujer débil y sumisa que siempre se negó a ser, esa debilidad que manchará su identidad de mujer libre, de mujer que se acuesta con quien quiere, de mujer rebelde que hace caso omiso de las críticas y cede a todos sus impulsos. Por eso acalla su reclamo interno y sus muslos se abren a la presión, cediendo su cuerpo al prejuicio de su propia mente y al de los ojos que la miran.

Llevada ya por el desquicio, la indiferencia salta por todos los apartamentos, cazando alguna otra situación que la complazca, que la envuelva en el orgullo y en el reconocimiento absoluto de su presencia. Cuando entra en otra habitación, la indiferencia observa a dos novios en el sofá, ella leyendo filosofía y él mirando la televisión. Al concluir su lectura la joven cierra el libro, se acurruca junto a su novio y se amolda a su cuerpo. El joven acaricia la pierna de ella y ambos se besan con ternura, pero en el camino hacia la desnudez, ella retracta sus labios y con los ojos tristes le dedica una mirada que él, a juzgar por sus gestos de irritación, parece saberse de memoria.
—No me siento lista —susurra la novia.

—Ya ha pasado mucho tiempo —argumenta él.

           —Perdóname —dice ella, y aleja su cuerpo inconscientemente. Sus sentidos están                              familiarizados con lo que continúa.
—Mi amor, tienes mucho tiempo que no me satisfaces.

—Me da miedo volver a quedar embarazada

—¿Volverás a sacar el tema del aborto?

—No digas la palabra —le pide ella con tonos de imploro.

     —Algún día tienes que superarlo. ¿Qué caso tiene nuestra relación si no nos satisfacemos? Ándale, vamos a tener cuidado esta vez. —dice el novio, acariciando el rostro de ella e intentando seducirla entre besos.

La joven parece gritar cuando cierra los ojos y cede ante los besos. Transparente en cuanto a deseos, sus gestos se endurecen con expresiones de tristeza. Todo en ella, cada nervio de su cuerpo e incluso sus sensaciones se vuelven tensas e insensibles al el tacto de él. Siente que la boca que se presiona contra la suya es la de una bestia, un salvaje sin garras y ojos bonitos que domina su lengua y humedece su boca con el sabor y el aroma desagradable de un macho en brama. Su beso violento y asfixiante le fragmenta el alma. Siente el impulso de deshacerse de aquellas manos que acarician su piel torpemente. Ella se mantiene inmóvil mientras él hace lo que puede para electrificarle los sentidos, pero ni su cuerpo ni su corazón responden a su bruta insistencia. Después, mientras el novio se satisface con el pobre maniquí y trata de provocarle alguna reacción al inclinarse y besarla, siente la humedad de sus lágrimas cuando roza su mejilla contra la de ella.
—¿Qué tienes? —interpela sin detenerse.
—Nada, me entró una basura en el ojo —responde ella, mientras grita con la vista que se aparte, que le asquea él y su sudor, él y los colmillos despreciables que se asoman entre sus labios cuando sonríe del placer.
Ella no puede evitar recordar la sangre y el feto gris y venoso sobre su mano, y entonces odia a su novio, siente el desprecio más profundo y ansía comprimirle el cuerpo con los muslos, arrebatarle el aire y desaparecerlo como al hijo al que ambos dejaron ir. Lo imagina a sus pies, tan humillado y vacío como se siente ella. Lloran sus ojos, pero su ser interior grita, implora y cruje, cruje seco ante los movimientos duros e irreflexivos del hombre.

Cuando el novio culmina después de un par de miserables minutos, se escurre en el vientre de ella, le da un beso de agradecimiento en la boca y se vuelve a la televisión, ya satisfecho y cavernícola, mientras ríe con sus programas absurdos y se olvida de todo, sobre todo de ella; que a su costado llora y trama su muerte, muerte que imagina detalladamente. Se ve a sí misma tomando el cuchillo de la cocina y rajándole la garganta a su yugo. Al menguar la noche, ella no lo deja ni lo mata, en vez de eso se duerme en su cárcel de oro y espera a que la mañana le borre la tristeza y el odio. Decide una vez más que va a soportar lo que sea, porque estar sola después de todo lo que sufrió le parece injusto. Si no puede matar a su novio, al menos lo mantendrá en su oscuridad y ambos serán miserables juntos.
A la indiferencia la perturba y le excita que las personas la utilicen tanto. De toda carencia de valor, ella es la estrella y la más utilizada. Algunos se valen de su nombre para cumplir sus objetivos mientras otros la usan para ignorarse a sí mismos. Extasiada y filósofa, la indiferencia se queda dormida en el aire y sueña con esas mujeres a las que conoció, pero en un escenario en el que todo sería más feliz y sencillo de no encontrarse presente ella, y en el que las mujeres dicen lo que quieren y los demás respetan sus decisiones. En el sueño vuelve al hogar tradicional y observa la misma situación del marido poseedor y la esposa dócil; pero en esa ocasión, ella lo rechaza abruptamente cuando él se acerca y la toca. El marido decide cambiar el juego y la seduce, provocándole sonrisas mientras la besa y le insiste con amor y complicidad, entonces ambos se extravían en el placer. La imagen se deshace ante los ojos de la indiferencia, tornándose todo en oscuridad.
Enseguida se enciende la luz de la siguiente escena. Los dos desconocidos que se comen a besos se acuestan en la cama y comienzan a desvestirse. Cuando la joven cierra las piernas y se tensa ante el toque del hombre, ya no tiene pena por lo decepcionado que se sentirá el desconocido al no acostarse con ella, ni se siente comprometida porque ya llegaron hasta ese punto. No se piensa reprimida o cerrada; en lugar de eso, despide al chico y le agradece la gran cita. Contrario a lo que ella creyó, el joven no la maldice por dejarlo aromado y con ganas, solo se marcha un tanto decepcionado. La chica decide que no cerrará la noche sin haberse llenado de placer, así que baja la mano hasta su vagina y escurre sus dedos sobre ella, acariciando su clítoris y enseguida, ya dominada por el placer, se penetra a sí misma. Entonces se queda dormida sin culpas ni arrepentimientos.
En el último departamento se encuentra con los dos novios sentados frente al televisor. Cuando él toca la pierna de ella y la besa, ella se niega; y aunque no lo asesina ni lo abandona en ese instante; logra decir “no” y se libera de él, huyendo de aquella cárcel de oro y de sus culpas. La joven cae en cuenta de que prefiere la soledad, y que no volverá a acostarse con ese hombre al que aborrece. De pronto todo un mundo de posibilidades se abre ante ella.
El sol de la mañana visibiliza la realidad ante los ojos de la indiferencia y los sueños se desdibujan, mostrando su propia crueldad. Al estirarse y pelar el ojo, los escenarios reales inician su acto y la indiferencia vuelve a tomar protagonismo en las vidas de las mujeres. Primero se encuentra con el matrimonio en la cama. Él marido se marcha y se despide con el usual “te amo”, que ella repite de forma mecánica. La mujer continúa con su rutina, odiándose y lamentándolo todo. No se da cuenta de que el marido no es quien la priva de la felicidad, sino ella misma, con su cobardía e inseguridad.
La indiferencia vuelve con los jóvenes desconocidos, que después de la revolcada forzosa y mucho alcohol, desayunan y se prometen repetir el encuentro. En su interior ella se cuestiona como hará para no volver a verlo e idea formas para rechazarlo, pero ninguna le hace justicia a su fina amabilidad. ¿Cómo rechazar un segundo encuentro cuando al hacerlo va a verse cerrada? ¡Se trataba de ser una mujer empoderada y dispuesta a cualquier aventura!

Antes de marcharse, ya abrumada de tanto de misma, se encuentra con los novios, que se despiertan y siguen con su rutina diaria. Ella lo despide con un beso y se bebe el café. Las horas parecen haber surgido su efecto, minimizando su tristeza y ocultando el odio reprimido, entonces ella se vuelve al libro de filosofía y crítica las ideas machistas de Nietzsche.
Hastiada y enferma de tanto de sí, la indiferencia ansía escapar de aquel edificio, pero antes de darles la espalda a aquellas mujeres, siente una inmensa tristeza por ellas. Se percata de que no se trata de que estén condenadas a ser seres de luz por el destino, la naturaleza, los hombres o las instituciones. En realidad, ellas aman ser seres de luz. No quieren ser odiadas ni despreciadas, rechazadas o juzgadas de perras, putas y estrechas. En sus intentos por ser amadas y aceptadas, se vuelven manojos de los deseos cumplidos de otros. Indiferentes a sí mismas, a su voz interna que grita, a sus lágrimas de mustias, de cobardes, de aferradas e infelices, viven para los demás; para la idea de ser una mujer moderna y empoderada, para que, de forma contradictoria, vivan para sus maridos y novios, amantes y desconocidos. Entonces por primera vez la indiferencia siente total y absoluto desinterés por esas mujeres, víctimas de sí mismas, de sus propios prejuicios y de su infinita cobardía.

De camino a su realidad, da un último vistazo a las calles de la ciudad y concluye en que la humanidad la utiliza para tener una existencia cómoda y sencilla. Si alguna vez sintió piedad por el hambre de los niños pobres, la muerte o la tiranía de los gobiernos, cualquier señal de esa empatía prohibida desapareció de ella. Consciente de que los humanos se buscan su propio sufrimiento y se quejan de lo que ellos mismos pueden cambiar, se marcha a su cielo y se promete no volver a bajar a ese lugar de insoportables contradicciones, limitándose a ser como todos los seres divinos: espectadora y ajena de su infernal creación.




Edvard Munch. "Weeping Nude", 1913. óleo sobre lienzo
(110.5 x 135 cm). Munch Museum, Oslo


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