En el sofá de un café, Caterina observa a Leo, que se encuentra absorto entre las líneas de un libro. Ella simula que lee, siendo incapaz de comprender las frases que en su mente pierden el sentido. Culpa a Leo de su eventual torpeza. Él , encantador, con sus poros que emiten lo que Caterina desearía que sus ojos delataran; sin misterios ni conjeturas. Los ojos de ella regresan al párrafo inconcluso, pues su concentración se dedica a analizar si el lenguaje corporal de Leo le indica lo que ella anhela que él grite ¿Ele me ama? ¿Ele gostou? Ella piensa en portugués, porque siente que, si piensa en español, su mirada la traicionará , y que Leo, un metódico y detallista que le censura los gestos y las miradas a modo inconsciente, se p ercatará de su leta nía r omántica, de su sorpresivo, creciente y caluroso amor por él. La mente de Caterina entra en un duelo entre lo que ve y lo que siente; llegando a pensar que es posible que Leo la ame, pero que...