La primera vez que me corté tenía once años y ningún problema, pero había visto una película sobre dos adolescentes que se rajaban la piel por diversión y yo quería vivir esa experiencia. Así que salí una tarde que mi madre dormía, con un par de moneditas apretadas debajo del puño. Atravesé la calle polvorienta, caminé una cuadra, un poco más allá estaba el bazar, provisto de navajas para afeitar, esas que siempre observaba con atención cuando acompañaba a mi hermana a comprar brillitos de labios y ella me cuestionaba que si qué miraba «Nada» respondía, desviando la vista de las afiladas hojas con las que ansiaba atravesarme la carne. Imaginé que las compraba, que corría a la casa para estrenarlas, para abrirlas como una muñeca e hincarlas sobre mis muñecas, pero los nervios me vencieron, detuve el paso, «¿y si no me las quieren vender?» pensé, mientras caminaba de vuelta. Arrastraba los pies, veía la tierra roja colorear el viento, la basurita que corría en el aire. Debajo d...