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Mostrando entradas de noviembre, 2019

Mejor les habría sido el olvido.

Se conocieron desde niños. Ella tenía diez años y él nueve. Héctor, precoz conocedor de una docena de inexpertas bocas, le dio su primer beso a la curiosa Liliana frente al Civic 98 de su primo; que les echaba las luces altas en un fallido intento por cegarles la calentura. Cuando Héctor y su primo llevaban a la niña hasta su casa, los besucones se despedían entre miradas y sonrisitas de complicidad.  Entonces los dos morros se perdían entre la polvareda que dejaban a su paso, hacían donas en el antiguo arroyo del pueblo y explotaban con corridos alterados el estéreo modificado del pobre auto. Entretanto, Liliana escalaba el cerco para saltar por la ventana, azotar en la fría loseta de su alcoba y acostarse silenciosamente en su cama con dosel rosa en la que ya no se sentía niña En un pueblo en el que los niños pisaban el acelerador antes de alcanzarse a asomar por la ventana, y las niñas andaban de alborotadas en las tardes de fútbol con los de la secundaria, lo únic...

En el verano me estrujaron el corazón

El invierno llegó a la ciudad en pleno verano, cuando mi cara nublada con sus estragos de tormenta se asomó por la ventanilla del camión y vislumbró el mar de su extenso puerto. Especialista en fingir sonrisas por motivo de un curriculum dedicado al servicio al cliente, en el trabajo me costaba esbozar cualquier simulación de alegría. Absorta en los recuerdos, me olvidaba del punzante cansancio en las plantas de los pies, y en la universidad, los maestros abrían y cerraban la boca frente a la clase, explicando no sé cuántas teorías de comunicación. Ausente, alejada y patética hasta el fin. Pero no estaba deprimida. Reconozco con la memoria de los sentires, cuando una tristeza de esas proporciones se asoma por las orillas del corazón. En realidad, estaba desencantada y destrozada por el monstruo del desamor. Resulta que el viajecito a Ciudad de México había sido el más profundo fracaso en mi historial de aventuras. De todos los chilangos ajetreados, uno me usurpó la paz al rob...