Se conocieron desde niños. Ella tenía diez años y él nueve. Héctor, precoz conocedor de una docena de inexpertas bocas, le dio su primer beso a la curiosa Liliana frente al Civic 98 de su primo; que les echaba las luces altas en un fallido intento por cegarles la calentura. Cuando Héctor y su primo llevaban a la niña hasta su casa, los besucones se despedían entre miradas y sonrisitas de complicidad. Entonces los dos morros se perdían entre la polvareda que dejaban a su paso, hacían donas en el antiguo arroyo del pueblo y explotaban con corridos alterados el estéreo modificado del pobre auto. Entretanto, Liliana escalaba el cerco para saltar por la ventana, azotar en la fría loseta de su alcoba y acostarse silenciosamente en su cama con dosel rosa en la que ya no se sentía niña En un pueblo en el que los niños pisaban el acelerador antes de alcanzarse a asomar por la ventana, y las niñas andaban de alborotadas en las tardes de fútbol con los de la secundaria, lo únic...