U na mañana en que Benicio Reyes desayunaba junto a Patricia, su esposa; alcanzó a divisar una montaña de basura elevándose frente a la ventana. Perplejo ante la extrañeza, se dirigió hacia el monigote que se incorporó sobre la banqueta para marcharse. Entonces corrió despavorido y alcanzó a enganchar los dedos en la cuerda que aprisionaba la basura; jalándola hacia él y resultando en un derrumbe de incalculables envases plásticos de todas las formas y tamaños. Con el caos a sus pies, Benicio atisbó como un brazo sobresalía de entre la basura, revelándose el cuerpo de un hombrecito de complexión menuda, con más barba que presencia y unos ojos de mirada inquietante que le perturbaron la paz. Para pretender poseer las agallas de las que carecía, le dio un puntapié a un envase que enseguida rodó hacia la carretera y se extravió entre los matorrales, al igual que su paciencia. —¿Qué demonios haces en mi propiedad? Con recelo y desconfianza, el hombre de barba selvática lanzó ...